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Un rayo de luna

  • siemprelospajaros
  • 24 sept 2021
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 1 oct 2021

Laura Méndez de Cuenca (1853-1928)


No era una noche tibia de primavera, de esas impregnadas de perfumes de flores tropicales, de cielo dulcemente gris de color de perla con nubes encarrujadas en el horizonte, cuando el misterioso rayo de luna llenó mi alma de emoción hasta entonces nunca antes sentida; bien segura estoy de que las mordentes ráfagas de octubre habían despojado de sus hojas a los recios árboles, sin preocuparse de la suerte de los pobrecitos gorriones que entre hojas y capullos sabían fabricarse nidos de arquitectura tan perfecta como la de los palacios góticos y los castillos señoriales de la edad Media.

También creo recordar que las estrellas temblaban a través de la ligerísima niebla que anuncia, en nuestras regiones, la estación fría, como se ve la trémula palpitación de las vírgenes, bajo el velo nupcial. Sirio, la hermosa reina Sirio, sobresalía en blancura brillante y luminosa en medio de las otras, todas de diversos colores, rojas, verdes, azules, que se prendían en el espacio. El cielo teñido débilmente de un matiz entre azul y verdoso, remedaba la superficie del mar alegre y sereno; y se me figura que las demás estrellas han de haber estado hechas una furia de celosas. Cierto que resplandecían, mas con ese fulgor siniestro de las miradas de un enamorado en presencia de su rival. Hacía frío, muchísimo frío. La cima encrespada del Ajusco que cierra el término del paisaje, se empinaba cuanto podía en el espacio, y un jirón de nube sobre ella posado, semejaba un obelisco de plata. Mirando fijamente a la serranía, a la hora de ponerse el sol, creíase ver una ciudad fantástica, con sus torres de encaje, sus arcos gráciles ornados de arabescos, sus columnas enredadas de festones, sus puentes colgantes; y también barcos raros y gigantescos con sus trapos desplegados, ligeros juncos y débiles esquifes. La población de la ciudad fantástica era también de lo más extraño: hombres muy altos, mujeres blancas y deformes. Una llevaba unidas a la espalda abiertas alas de halcón; otra se cubría la cabeza con descomunal casco romano. Algún hombre llevaba un tirso. Y lo empuñaba con arrojo cual si fuera una lanza; y otro apenas distante del primero, acometía con ira a unos perros, armado de un paraguas, arrastrando ala vez la enorme cola del delfín que ocupaba el lugar de sus piernas, pues que de tales miembros carecía.

Yo estaba en sitio donde admirar ese cuadro fantasmagórico: en lo más recóndito del bosque de pinos. Allí todo era oscuro. La densa lobreguez de la noche descendente sobre el tupido follaje no permitía siquiera alcanzar con la vista, a cuatro metros de distancia. Arriba, todavía se franjeaba de oro y violado la ciudad fingida por las nubes en serranía, esfumándose, transformándose, fundiéndose unas en otras con maravillosa rapidez.

De súbito gruesos nubarrones plomizos que se empujaban unos a otros, arremolinándose hacía el Occidente, dejaron en tinieblas el objeto de mi atención: la ciudad fingida en el volcán muerto. Entonces, un rayo de luna, un indiscreto rayo de luna que se enderezó hacia el bosque, dejóme ver lo que nunca viera: un airoso busto, una mano morena y nerviosa recorriendo los trastes de la guitarra y unos ojos negros como la sombra de los árboles que me miraron abrasándome, y que yo siento me miran todavía.

El rayo de luna recorrió a prontos trechos el bosque, dibujando a mis pies temblorosa y movible alfombra de encaje, con la sombra de las hojas agitadas por le viento sutil. Después, ocultándose el astro detrás de enorme masa compacta de vapores que borroneaba el horizonte, recogió su bendito rayo, arrebatando a mis miradas el volcán muerto, el cielo verde-azul, el busto airoso, la mano, y aquellos ojos negros como el dolor...

Por un buen rato no acerté a concertar mis ideas dispersas. Sentía yo que se me atropellaban en los rincones del cerebro, y también en mis nervios, tirantes a más no poder, amenazaban reventar. Algo en mi interior me decía: suspira, solloza, grita. ¡Qué sé yo qué! Iba a darme a escapar de ahí, cuando el airecillo sutil, que seguía jugueteando entre las hojas, trajo a mi oído un preludio de guitarra, un acorde y , luego, dulces ecos de una voz deleitosa y robusta, que entonaba una canción del país:

Te vas y en el mar te meces

sobre las ondas de blanca espuma

que dora el sol;

Mañana, niña, estaremos

separados muy lejos,

tristes tú y yo.

Mis nervios ya no pudieron más; haciendo ¡crac!, reventaron en lágrimas, en éstas que me ahogan todavía.




 
 
 

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