top of page
Buscar

En el tranvía

  • siemprelospajaros
  • 30 sept 2021
  • 6 Min. de lectura

María Enriqueta Camarillo (1872-1968)


Ya vuelvo—digo, al salir, a doña Catalina, la buena anciana que desde hace cinco años me tiene como pensionista en su casa de asistencia. No puedo esperar el resultado de esas cartas entre las cuarto; me marcho, pues, a la calle.

—Un paseo por el parque aprovechará muy bien—me responde doña Catalina con interés afectuoso. De lo que hay que guardarse es de ir a encerrar el cuerpo en los tranvías, todos faltos de aire y malsanos. Para hacer los estudios de psicología que tan loco traen a usted, bastará sentarse en un banco, bajo una espesa sombra. No ha de faltar quien se acerque a ella, y entonces habrá modo de observar. Pero lo que no es de aprobarse es ese empeño por andar empaquetado en un vagón sólo por el gusto de estudiar a nuestros semejantes...Sería criminal desaprovechar una tarde tan hermosa.

—Pierda usted cuidado—digo, deseoso de complacer ala buena señora que, sin merecerlo yo, se toma y se ha tomado siempre tanto interés por mí. Hoy sí que no me asomaré al tranvía; de aquí directamente hasta el parque...

Y tal como se lo he prometido, lo llevo a cabo.

En efecto, la tarde es hermosa. Cruzo de prisa las amplias avenidas donde el ruido y el movimiento son intolerables, y llego en un santiamén al parque de los Rosales. ¿Cuál es el sitio mejor? Aquel, en la gran glorieta de la fuente de Orfeo, en el banco del fondo, bajo la movible y fresca brisa de los alisos.

Atravieso de prisa la glorieta, temeroso de que otros más ligeros me ganen el banco, y llego por fin a tiempo para posesionarme de él. Un airecillo suave sopla sin cesar. Debe de venir de lejos porque trae los olores de la menta con que en este tiempo se cubren los montes y los valles; quizás habrá cruzado sobre el mar porque viene fresco. Si hablara, ¡qué descripciones haría de los sitios que ha visto! Porque habrá mucho que referir del campo y del mar, llenos ahora por lo veraneantes dichosos que pueden darse el gusto de salir de la ciudad. Ellos, que siempre se van, no sospechan lo que sufrimos los que por falta de posibles nos vemos en la dura necesidad de permanecer atados a nuestra caliente roca, donde nos asfixiamos sin remedio, de sol a sol.

Y menos mal cuando el goce de un empleo nos permite, aunque pequeñas, algunas ventajas; pero cuando el trabajo falta y quedamos cesantes por largo tiempo, entonces los tormentos se multiplican, y todo lo que hacen los demás nos parece envidiable.

Entregado a estos tristes pensamientos que me obligan a hilar nuevamente la madeja de mi cesantía y de mis pobrezas, desaprovecho la ocasión de estudiar de cerca a una pareja de enamorados que por algunos momentos se ha detenido en el mismo banco que ocupo. ¡Lo que me hubieran servido esas observaciones! Porque...¿lo diré en voz alta? Me dedico a escribir uno que otro cuento que aparece en la Revista poética, y por el que me asignan una modesta retribución; y luego, el estudio de los hombres y de las almas, además de interesarme de un modo espontáneo, me es de una utilidad muy grande. ¡Los argumentos que tal estudio me ha proporcionado! ¿Qué fuera de mí sin esas observaciones? No sería capaz de escribir ni una sílaba... Y sabiéndolo bien, he desaprovechado ahora algo que pudo ser una fuente de enseñanza... Pero ¿Cómo es posible observar con cuidado lo que pasa en los demás, cuando nosotros mismos estamos cogidos enteramente por una pena? La de pensar que no lograré muy pronto un nuevo empleo, que mi deuda con la buena mujer en cuya casa vivo, se acrecentará, que pronto va a faltarme hasta para lo más preciso, y que las cartas que he escrito a distintos personajes, solicitando empleo, no serán siquiera contestadas, me quita completamente la tranquilidad, y , sin darme cuenta de ello, mando al diablo el estudio de la psicología, y con él, todos lo estudios habidos y por haber...

En semejante estado de ánimo, comprendiendo que el airecillo suave que sopla, ni la relativa frescura que presta la sombra de los alisos va a proporcionarme goce alguno, y azuzado, además por la continua intranquilidad de volver a mi habitación para enterarme de si alguna de esas cartas que he escrito ha tenido respuesta, me levanto del banco, atravieso la glorieta y salgo del parque.

Precisamente en ese instante se acerca un tranvía que pasa por mi calle. Sin quererlo, recuerdo los muchos argumentos que para mis historietas he sacado de algunas excursiones en los tranvías. Este rápido recuerdo, unido al deseo de volver cuanto antes a casa, me obliga a hacerle una señal al conductor. El tranvía se detiene y yo subo.

Una vez instalado, comprendiendo que no tengo mucho tiempo de qué disponer, y casi brutalmente, no con el amor del que oficia como un pontífice en el arte, sino con el movimiento maquinal del que trabaja en un oficio, dirijo mi vista hacia los cuatro lados del tranvía para ver qué es lo que puede servirme de cuanto hay ahí.

Una niña muy encintada que tengo frente a frente, me parece antipática, indigna de figurar, no digo en la Revista Poética, pero ni en la prosaica. El viejo que está junto a ella, y que es un boticario de la calle Mayor, me es ya muy conocido, y, por tanto, nada nuevo tiene que ofrecerme. Hay en el rincón una monja que va inclinada sobre su grueso libro de oraciones. Las alas blancas de la toca se mueven acompasadamente con el viento que penetra por la ventanilla. Sus ojos...Pero, ¿qué pasa? El tranvía se ha detenido. ¡Ah, vamos! Es un caballero que sube y que va a instalarse frente a mí, en el sitio vacío que hay a la izquierda de la niña encintada. Apenas acaba de colocarse, oigo una voz, a mi lado, que dice al caballero:

—¿Qué es lo que te trae por estos rumbos, querido Jorge?

—¡Cómo, Luis! ¿Tú aquí?

—Sí, voy a casa; y tú, ¿qué haces tan lejos de tu barrio?

—pues vengo en busca de una persona... Verás, aquí traigo anotados su nombre y señas... Se trata de ofrecerle un puesto que hay vacante en la notaría de mi hermano... Parece que la persona en cuestión es de sobra competente, y muy honrada además... Aquí están las señas: Manual Robledal, calle de Monteros, número nueve...

Ese Manuel Robledal, soy yo; esa calle de Monteros, es la mía, y ese número nueve, es el de la casa en cuyo piso segundo está la modesta pensión donde vivo.

Para sorpresas e intrigas, ¡el tranvía! ¡Qué momento! Nunca se me olvidará.

Me viene el ímpetu de hace públicamente a don Jorge la declaración que en privado acabo de hacer a mis lectores; pero me detiene un solo inconveniente: pensar que mi traje se halla un poco deteriorado, pues desde mi cesantía, tengo encerrado en el guardarropa lo mejor de mi vestuario, con objeto de que se conserve más. En vista, pues, de este inconveniente, no sólo guardo silencio, sino que procuro hacerme invisible. Y mientras los dos amigos conversan sobre diversos temas, yo formo a la volandas el plan que debo seguir. Al llegar a la esquina de la calle, descenderá violentamente del tranvía, y ocultándome entre la gente, correré hacia mi casa y cambiaré de prisa mi viejo traje por el mejor de mi vestuario; así, cuando el caballero don Jorge se presente, otro caballero, correctamente vestido, saldrá a su encuentro.

Y tal como lo pienso, lo hago. Al llegar a la esquina, bajo del tranvía como alma que se lleva el diablo, me pierdo entre los grupos de viandantes, en menos de un decir Jesús, llego a casa y subo como un relámpago los cuatro tramos de la escalera.

Doña Catalina se ocupa en regar las plantas de sombras que tiene en el vestíbulo.

—¡Señora!—le digo—. Corro a cambiarme de traje. Va a subir a buscarme un caballero que no me conoce... Viene a ofrecerme un empleo... Lo ha dicho a otra persona en le tranvía. Allí acabo de oírlo.

—¡En el tranvía!—refunfuña doña Catalina—. Encajonado en ese foco malsano, en vez de ir al parque a respirar...

Yo, como un poseído, entro en mi cuarto, y, descolgando del armario cuanto hay en él, lo arrojo sobre el diván. En menos de un segundo, escojo lo mejor, y quedo listo. Me miro en el espejo, me compongo la corbata, sonrío, y , en pie, con el oído atento, espero que suene la campanilla de la puerta.

Pero el tiempo pasa, el tiempo ha pasado, más bien dicho: el tiempo pasó... Y como no llegó a interrumpirse el silencio, me decidí a salir de la alcoba y a inquirir lo que ocurría.

Doña Catalina estaba aún en el vestíbulo.

—¿Nadie ha venido?— le dije.

—Nadie—me respondió; pero me parece que el conserje ha hablado con alguien que trataba de indagar alguna cosa.

Sin esperar más, me asomé por la barandilla de la escalera y grité al portero:

—¿ No ha venido a buscarme una persona que aguardo?

—No, señor— me respondió al instante el aludido—. Buscaban a don Manuel Robledal, un escribiente casado, que se llama como usted, y que anteayer se mudó al tercero...

—¡Ah!— dije en el tono de aquel a quien acaban de aplastar el alma.

—¿Lo ve usted?—exclamó Doña Catalina—.¡Si de esos tranvías nada bueno puede salir!

Y yo, resignadamente, le dije:

—¿Nada, señora? Sí, sí... Saldrá un artículo, que servirá para abonar alguna suma a la cuenta que tengo con usted...

—No se hable de ella—me dijo la santa mujer.

Pero ya ves, querido lector, que el artículo ha salido. No lo desdeñes: es para ayudar al pago de una deuda sagrada.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Una llamada telefónica

Dorothy Parker(1893-1967) Por favor, Dios, que llame ahora. Querido Dios, que me llame ahora. No voy a pedir nada más de ti, realmente no...

 
 
 
La noche

Isabel de los Ángeles Ruano (1966) Qué edad, qué frío, qué tormenta puede ser más terrible que una noche a solas, una noche sin nada, una...

 
 
 
Nocturno miedo

Xavier Villaurrutia Todo en la noche vive una duda secreta: el silencio y el ruido, el tiempo y el lugar. Inmóviles dormidos o despiertos...

 
 
 

Comentarios


Subscribe here to get my latest posts

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page